Expliqué por qué tenía razón. Entonces, ¿por qué la otra persona no actúa?

Explicaste algo correcto, paso a paso. Y aun así, la otra persona no se mueve. ¿Te ha pasado?

Al principio de mi carrera pensaba que, si explicaba algo correcto de forma clara, la gente actuaría en consecuencia.

Si la lógica se sostenía, había datos, y la propuesta era razonable, era natural que las cosas avanzaran en esa dirección.

En la práctica, no era tan simple.

Cada persona tiene sus propias circunstancias. Cosas que está protegiendo. Una historia que la trajo hasta ahí. Una decisión que desde fuera parece irracional, muchas veces tiene sentido vista desde donde está esa persona.

Eso no significa que tener razón no importe. Al contrario, es la base.

Solo que, por sí sola, no basta.

¿Qué le preocupa a la otra persona? ¿Qué le complicaría las cosas si cambiara? ¿Ante quién tiene que responder? ¿Puede actuar en este momento?

Solo cuando llegas a ver hasta ahí, una propuesta correcta se convierte en una “propuesta con la que se puede actuar”.

Por eso, al proponer algo, quiero pensar también en la posición en la que está la otra persona.

Lo que quiero del trabajo no es ganar una discusión.

Es que las cosas avancen en una buena dirección.

La próxima vez que alguien no se mueva aunque yo tenga razón, quiero resistirme a pensar “no lo ha entendido” y, en vez de eso, pensar qué podría estar intentando proteger. Creo que quien no renuncia a tener razón, pero al mismo tiempo piensa en las condiciones que permiten a la gente actuar, acaba siendo más fuerte.

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