Sigo pensando en soluciones y el trabajo no avanza. ¿Habré definido mal el problema?

Aplicaste una medida y la situación apenas cambió. Cuando pasa eso, conviene dudar antes del problema en sí que de la solución.

Cuando surge un problema, dan ganas de pensar enseguida en una solución.

A mí me pasa igual. Arreglar algo, cambiar una regla, pedirle algo a alguien. Estar en movimiento da la sensación de estar trabajando.

Pero en los casos difíciles, lo primero que hay que hacer es otra cosa.

Poner en palabras cuál es el problema, ahora mismo, de verdad.

Lo que está ocurriendo y su causa son cosas distintas. Lo que le complica la vida a alguien y lo que uno pretende arreglar también pueden ser cosas distintas.

Dejar esto en ambigüedad y avanzar directo hacia una solución tiene bastantes probabilidades de desviarse del blanco.

Y lo complicado es que, incluso un problema mal definido, si se ataca con empeño, igual produce algo que parece un resultado.

Por eso, antes de sacar una conclusión, me gusta volver a preguntarme varias veces.

¿Quién tiene dificultades, con qué exactamente? ¿Desde cuándo ocurre esto? ¿Qué tendría que pasar para poder decir que “está resuelto”?

Cuando esta definición queda clara, la discusión que viene después avanza sorprendentemente rápido.

La próxima vez que me quede sin ideas para una solución, quiero volver a estas tres preguntas antes de sumar más opciones. La velocidad para resolver un problema, muchas veces, no depende tanto de la rapidez para pensar una solución, sino de la rapidez para llegar al problema correcto.

Cuando el contorno del problema empieza a verse claro, lo siguiente que ayuda, creo, es hasta dónde puedes acercarte a la fuente primaria.

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